Mi cerebro comenzó a encalambrarse desde las sienes hasta el centro. Apreté la mandíbula. Mis ojos estaban muy abiertos y opacos, no dejaban de señalar a la víctima y eran como flechas que iban directo al corazón de su presa. La juzgaban. Era Imposible parpadear. Mi respiración se volvió lenta, profunda y fuerte. Mi corazón latía lento pero con mucha potencia y cada latido vibraba en mi cabeza. Los brazos tensos. Las manos contraídas. Las falanges comenzaban a dolerme. El abdomen, oscilante por la respiración. Las piernas firmes. Los muslos tiesos. Los pies, mis pies, parecían imantados contra el suelo. Imposibles de levantar. Sentía el cuerpo pesado y rígido.
Para sentir esto no se necesita de otra persona, puede ser en contra de uno mismo. En contra del destino. De los políticos. De los policías. De los que mandan. De los que obedecen, pero esta vez, esta vez en particular, era en contra de mi mamá. A este sentimiento no le importa la raza. No respeta la edad. No tiene en cuenta el género. En algunas personas puede pasar rápido. En otros puede quedarse más tiempo carcomiendo el alma. Enfermando el cuerpo. Encadenando el espíritu. Y sobre todo, corrompiendo las buenas intenciones, y las mías ya no eran muy buenas.
Esa sensación era muy grande para este cuerpo. Demasiado fastidiosa. Incómoda. Necesaria. Inevitable. Común. Pero suele ser saludable exteriorizarla. Que estalle. Que hiera. Que desahogue. A veces con lágrimas. A veces con gritos. Para mí en ese momento podía ser letal si no la dejaba salir, o vital si permitía que fluyera ese río incontrolable que corría por dentro; y esta vez no me iba a dejar morir. Así que me permití estallar en lágrimas, nada raro en mí. Sin embargo, estas lágrimas eran diferentes porque corrían rápido y con decisión; mis lágrimas parecían decir lo que con palabras no podía porque con la lengua quería actuar irracionalmente y gritar que me dejaran vivir en paz, pero sabía que tenía que ser inteligente, más calculadora y menos emocional, más fría a pesar de que la sangre me hirviera. Así que con un esfuerzo casi que sobrenatural, cerré los ojos, abrí las manos, las volví a cerrar, mecí la cabeza hacia atrás y me sequé las lágrimas mientras pensaba muy bien lo que iba a decir.

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