Suena en la radio la canción que describen mis sentimientos por ella: una mujer hermosa que cierto día al pasar por el café donde intentaba apaciguar mi soledad se llevó mis ojos, mi alma, mi tiempo, mi vida. Esa mujer cambió tantas cosas en tan solo un instante; mi tristeza se convirtió en una sonrisa que guardaba la esperanza de estar a su lado, mi corazón aceleró sus latidos, mis ojos brillaron y esta vez no fue – como siempre – porque estaba a punto de derramar una lágrima…
Regresaba todas las tardes al café solo para verla pasar, ella después de algunos días empezó a notar mi presencia en ese lugar, comenzó a mirarme y más tarde a sonreírme; cada vez más con el pasar de los días mis sentimientos se iban esclareciendo más, pero a pesar de esto no me sentía listo para manifestarle lo que había nacido en mí.
Una tarde después de esperar su paso por el café decidí seguirla y logré enterarme donde vivía, al otro día me encontré con un vecino suyo, el cual es mi amigo, entonces decidí preguntarle cosas sobre ella, pues yo era un poco penoso para preguntarle personalmente. Él me dijo el nombre, se llama Andrea, también me dijo su edad, desde hace cuanto vivía en ese sector y me contó un poco de su historia, pues ellos se habían hecho buenos amigos.
Aunque ya sabia algunas cosas sobre ella no me sentía seguro para hablarle, esta falta de confianza en mi mismo me llevo a sentirme feliz solo con que pasara a mi lado y así alimentar este inmenso amor que había nacido en mi, cada que la tenia cerca sentía mi cuerpo sudoroso y mis nervios me opacaban, su presencia me infundía respeto, pues sus ojos mostraban que era una persona que de mi parte debería ser valorada por encima de muchas cosas.
Después de eso pasaron varios días en los cuales no la pude ver, al fin decidí buscarla y así declararle el amor que sentía por ella desde hace algún tiempo atrás, cuando llegue a su barrio me encontré con una gran sorpresa, ella se había tenido que trasladar a la ciudad de Medellín.
A pesar de la distancia que hoy no me permite verla ni saber de ella no es motivo para que deje de esperar que pase por el café, sueño con el cielo, con la cima del cielo donde el silencio que la caracteriza me permita decirle que la amo sin necesidad de mencionarle ni una sola palabra, donde el tiempo de tenerla nunca acabe.
Sueño con que ella acompañe al final mi inmensa soledad.

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